
A finales del siglo diecinueve, las movilizaciones obreras por la jornada de ocho horas, conmovieron los países industrializados, en especial al más pujante de todos, Estados Unidos, justo cuando éste se convertía en potencia imperial al servicio del capital financiero y de los monopolios.
La lucha por la reducción de la jornada surgió con el capitalismo mismo, el cual, desde el periodo manufacturero sometió a hombres, mujeres y niños, a jornadas brutales, hasta el colmo de que las breves horas de sueño las hacían en las instalaciones de las fábricas y sólo veían el sol cada ocho días. En plena Revolución Francesa fueron condenados a la guillotina varios trabajadores de las panaderías, que reclamaban la regulación de la jornada, “por atentar contra los derechos humanos de los franceses”. En Gran Bretaña, el movimiento de las Tredeuniones conquistó sucesivamente la ley de fábricas de 1847, que limitó la jornada a 10 horas para los menores de 18 años y para las mujeres, y la Ley de Fábricas de 1874 que universalizó ese horario, lo cual lograron en innúmeras batallas electorales, manifestaciones y huelgas. Los obreros que tomaron el cielo por asalto en la Comuna de París, regularon la jornada en los setenta días en que el proletariado se tomó el poder por primera vez. Fue vinculados a estos procesos, donde Carlos Marx y Federico Engels desentrañaron las leyes del capitalismo y revelaron el papel histórico de los proletarios modernos, que no es otro que construir otra sociedad.
Las jornadas de mayo del 86
Agonizaba la centuria, cuando Estados Unidos llegó al fragor de su desarrollo industrial. Chicago se convirtió en la segunda ciudad del país y una oleada de inmigrantes, provenientes de Europa y de los mismos EU, arribó a las urbes industrializadas ubicadas alrededor de los Grandes Lagos, donde se hacinaron en tugurios, cientos de miles de familias. Aunque la ley imperante “limitaba” la jornada laboral a 18 horas, en la práctica, dado el tamaño del ejercito de reserva de desempleados, los salarios iban a la baja y la jornadas superaban a menudo este lapso inhumano cuando había “necesidad”.
Los albores de esta batalla en Norteamérica datan de 1829, cuando surgió un movimiento para solicitar al estado de Nueva York la limitación de la jornada. Hacia finales del siglo, entre las varias organizaciones sindicales, se destacó por la firmeza de sus posiciones y adquirió gran influencia la American Federation of Labor. El 17 de octubre de 1884, un Congreso de la AFL resolvió promover una huelga general por la limitación legal efectiva de la jornada laboral, dando inicio a una vigorosa campaña de propaganda y organización. La consigna fue «ocho horas para el trabajo, ocho horas para el sueño y ocho horas para la casa».
Ante la amenaza cierta de la huelga, el presidente Andrew Johnson promulgó en 1886 la Ley Ingersoll, legalizando el límite de 8 horas de trabajo diarias. Pero dadas las complejidades del sistema federal, los 19 estados de la Unión que interpretaron la ley, aunque limitaron formalmente la jornada a 8 y 10 horas, adicionaron cláusulas que, mediante varios subterfugios, permitían sobrepasar este límite legal, para imponer las acostumbradas 14 y 18 horas diarias. Como la Ley Ingersoll se convirtió en una burla, las organizaciones sindicales de EE.UU. ordenaron la movilización y señalaron el 1 de Mayo como la hora cero. Se sumaron a la batalla los obreros canadienses. También se unieron miles de desempleados, que entendieron que la reducción de la jornada abriría la posibilidad de que se crearan más puestos de trabajo.
La prensa norteamericana descalificó el movimiento por las ocho horas de trabajo como «indignante e irrespetuoso», lo tildó de «delirio de lunáticos poco patriotas», y manifestó que equivalía a «pedir que se pague un salario sin cumplir ninguna hora de trabajo». Falsedades ya esgrimidas en la pérfida Albión, donde la burguesía auguró el fin de la civilización, según consta en los debates de Carlos Marx en El Capital. Hoy se esgrime el mismo argumento fatalista ante cualquier reclamo de los asalariados.
La huelga general en Norteamérica se inició el 1 de mayo de 1886, con la participación de más de 400.000 trabajadores. Algunos patrones concedieron la jornada en el inicio del paro, pero en Chicago hicieron gala de intransigencia, y la fuerza pública fue movilizada contra los manifestantes. El 2 y el 3 de mayo, en la entrada de la fábrica de maquinaria agrícola McCormik, que llevaba varios meses en huelga, 50.000 trabajadores se concentraron y chocaron con los esquiroles. La policía disparó contra los desarmados trabajadores, asesinando a seis e hiriendo a decenas. Al día siguiente, 20.000 manifestantes se enfrentaron a la policía en la plaza de Haymarket, donde resultaron heridos decenas de manifestantes y muerto un agente. Inmediatamente se decretó el estado de sitio y el toque de queda, fueron detenidos, y torturados centenares de huelguistas, y se armó un juicio de comedia con pruebas fabricadas y decisiones políticas, en el que se condenó a prisión y muerte a varios destacados dirigentes.
Sin embargo, ni la represión, ni los juicios amañados, ni las calumnias de la gran prensa, pudieron impedir que la lucha continuara y finalmente se consagrara la limitación de la jornada laboral en Estados Unidos y en el mundo, acicateando de paso la mecanización de la industria.
La lucha por los tres ochos representó la confirmación de que los proletarios modernos son una clase universal, con intereses comunes, por encima de las fronteras, la nacionalidad, la cultura o el color de la piel. El pleno ejercicio de la jornada legal de 8 horas, tardaría muchos años en imponerse en el mundo, pero las jornadas de mayo del 1886 abrieron la puerta a la legalización en todo el orbe.
En 1889, el Congreso Constituyente de la II Internacional Obrera (nada que ver aquella de entonces con los partidos social-liberales de hoy, como es el caso del PSOE) reunida en París declaró el 1º de Mayo, Día Internacional del Trabajo.